21/02/2012
Reflexionando sobre Europa
Es vieja la cuestión. ¿Conviene que la crisis capitalista se agrave para que estalle la “lucha final”? ¿O es mejor que el pueblo defienda palmo a palmo sus conquistas lo que de algún modo es “perpetuar el capitalismo”?
Viene a cuento porque en Europa hay un clima fuerte de fin de época. Lo que termina es el mundo del compromiso de clase, por el cual los trabajadores bancan la propiedad privada y se apartan de cualquier impulso revolucionario, a cambio de políticas de protección social. Dicho sea de paso, el éxito de ese tipo de fórmulas no estuvo nunca divorciado de la exacción de recursos del llamado tercer mundo y de sus clases más vulnerables.
Claro, el estado social ya estaba bastante debilitado en las tres últimas décadas, a comenzar por la revolución conservadora de Thatcher. Pero mientras el modelo del capitalismo trasnacional (europeo, en este caso) y financiarizado anduvo bien, también las clases medias y los sectores más calificados de los trabajadores recibieron sus propias ventajas. Ventajas que, claro, consistían en estar en condiciones de impulsar la rueda del consumo a extremos irracionales, pero eso es otro tema.
Se viene la onda gélida de la desocupación estructural, la desigualdad extrema y formas tercermundistas de la miseria. ¿Es compatible todo esto con la democracia liberal? No hay una respuesta en principio a éste ni a ningún interrogante que incluya la conducta efectiva de las sociedades. Por lo pronto, será muy difícil de convalidar al Leviatán financiero en ejercicio del poder real en la zona del euro, con unos partidos prolijitos y alineados en la defensa del statu quo, cualquiera sea la tradición histórica a la que pertenezcan. Hoy por hoy, no hay izquierda real en Europa. Se la tragó la tercera vía, la ética de la responsabilidad, el pensamiento moderno del Atlántico Norte, la “desaparición del trabajo” y otros logros del pensamiento de los últimos veinte años. Los movimientos de “autoconvocados” no son la cura sino un síntoma del mal. Claro que cualquiera sabe que el síntoma es una enorme bendición. Si no hay síntoma, el organismo se abandona a su suerte. Si lo hay, aparece el mal y la necesidad de conjurarlo.
¿Desde dónde puede surgir una fuerza que apunte a una resolución popular de la crisis? No puede adivinarse, pero sí intuirse algo esencial: la reconstrucción política de las clases subalternas solamente puede venir de la memoria histórica. ¿De dónde sino del viejo populismo obrero pudo surgir la figura de Lula? ¿Qué tipo de liderazgo podía surgir en la Bolivia minera, campesina, cocalera, aymara y quechua que no fuera del tipo de Evo? ¿Qué tradición político-cultural que no fuera la del peronismo podía prohijar un repertorio nacional-popular como el de los Kirchner?
Se dirá “pero eso es la propuesta de mirar al pasado”. Y el pasado son los aparatos burocráticos, el clientelismo, las oligarquías de los partidos…Puede ser, pero para que la crisis cumpla con la remanyada sentencia china de ser una “oportunidad”, lo primero es la activación de la memoria. O mejor aún, una revolución de la memoria. Que consista en poner en cuestión todos los supuestos definitivos, como los que daban por clausurado el mundo de las naciones, de los sindicatos, de las clases, de la militancia política. Poner en crisis la sentencia del triunfo definitivo del capitalismo neoliberal y sus instituciones, sobre la base de recuperar las historias de lucha. Si no se pone eso en crisis no hay redes sociales que lleven a ningún lado, más que a una catarsis episódica después de la cual podamos volver a ser átomos autosatisfechos con el último modelo de netbook que nos compramos.
La memoria popular en Europa es, ante todo, la izquierda. En su modalidad socialista, predominantemente, y también comunista, sobre todo en Italia y en Francia. O incluso ecologista y feminista, entre otras de las que se formaron en las últimas décadas. En Europa, no hay solución popular a la crisis capitalista sin la izquierda. Y no hay izquierda sin actores populares. Actores y experiencias de lucha: sin eso, todo es especulación abstracta. Memoria, experiencia de resistencia y voluntad de poder. Es decir, no ceder al testimonialismo y a la mera acción expresiva. Para eso hace falta partido político, mejor dicho, partidos políticos. No serán igual que a los de cincuenta años atrás. Serán diferentes hasta por el propio peso cultural de las nuevas generaciones. Pero pensar desde las formas es una manera de obturar el sentido. Hace falta partido porque hay que cambiar el sentido del poder. Si no, alcanzaría con reunirnos periódicamente en una plaza entre los hiperactivistas. Partido es otra cosa. Es relato común. Lazos de pertenencia. Organización estable. Estrategia y táctica. Conducción. ¿Malas palabras que huelen a naftalina? Entonces, explíquenme cómo hacemos para ganar elecciones y formar gobierno. Y si la cosa la pensamos sin elecciones (Dios nos proteja!) el partido es más necesario todavía. Partido es el nombre de la hegemonía. Que es lo contrario de la autosatisfacción sectaria, es conquista cultural y moral de las mayorías.
Viene muy difícil la cosa. Volvamos al principio. Es necesario rechazar la idea de que cuanto mejor, peor. Porque en el capitalismo desarrollado de estos días, lo peor puede ser peor en serio. Acordémonos de cómo “resolvió” Europa la crisis capitalista de los años treinta. Con la Italia fascista y la Alemania nazi. Con un guerra donde murieron decenas de millones de personas. Esa memoria también es necesaria, porque últimamente parece que la única tragedia del siglo XX fue el comunismo soviético. Así que, aunque sea en la resistencia al autoritarismo del poder financiero hay que construir una fuerza distinta, nuevos horizontes, nuevos liderazgos.
Salute Anacrónico
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2 comentarios:
No creo que cuanto peor mejor.
Pero en las empresas, nadie quiere presentarse en convocatoria porque es una paso en el que todos van a estar peor, en especial quien lo conduzca. Pero en todos los casos, los que pasan una convocatoria lamentan no haberla iniciado antes. (En mi ejemplo omito los que no llaman a convocatoria y ademas la evitan, esos son los exitosos que alimentan el sueño de quienes demoran la convocatoria).
Creo que Grecia esta en esa situacion. Si fuera asi, deberia acelerar el estar peor para suavizar ese "peor".
Coincido. Acelerar la convocatoria no es ir voluntariamente hacia lo peor. Es empezar a transitar la recuperación
Anacrónico
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