4/6/2013

Identidades políticas y frente opositor

Por Edgardo Mocca para Revista Debate

            Quien aceptara el diagnóstico mediático-político sobre nuestra realidad, no podría dejar de asombrarse por el mapa preelectoral al que asistimos. Las oscuras narrativas sobre un giro al autoritarismo, la corrupción generalizada y el contundente fracaso del gobierno deberían abrir paso (¡por fin!) a la férrea unidad opositora; algo así como un frente democrático antifascista a la manera de la década del cuarenta del siglo pasado. Los principales líderes de la oposición han asumido como propio ese libreto elaborado en oficinas ajenas: son los más poderosos grupos económicos los que lo producen y son las redacciones de los grandes medios los que lo transforman en “información independiente” y le dan masiva circulación.
            Sin embargo, no habrá un gran frente opositor y, si no se resuelven las múltiplas querellas internas actuales, la dispersión podría ser aún mayor que la registrada en las últimas presidenciales. Un aspecto pintoresco es la aparición de sociedades interpersonales como la de Carrió y Solanas y la de Prat Gay y Donda: esos “frentes políticos” tienen más bien la apariencia de castings electorales orientados a la elaboración de boletas más taquilleras en un micromundo como el de la ciudad capital, siempre muy receptivo a la novedad y a la creatividad política. Paradójicamente, la oposición presenta el caso de acuerdos pequeños que profundizan la dispersión general.
            ¿Cómo se explica esa combinación de climas apocalípticos que cortan en dos a la sociedad argentina y decisiones electorales mayormente orientadas a preservar el propio terreno? Se argumenta insistentemente a favor del peso de las vanidades personales; tal “hipótesis” es tan obvia como inservible: cualquier supuesta investigación demostraría seguramente esa falta de generosidad pero no podría explicar cómo y por qué tal conducta se abre paso en el interior de una determinada fuerza política. La hipótesis de la vanidad valdría, por otra parte, para cualquier asociación integrada por hombres y mujeres y no podría explicar las diferencias de conducta entre oficialismo y oposición en este aspecto. El otro gran recurso analítico es la falta de grandes candidatos capaces de distanciarse del pelotón y atraer al conjunto de los ciudadanos adversos al gobierno. También en este caso queda flotando la pregunta por las razones de tal ausencia.

20/4/2013

Las banderas del 18-A y el futuro político


 Por Edgardo Mocca para página12
Libertad, seguridad y ética pública: así se podría resumir la carta orgánica de la manifestación del último jueves. La forma política que esa carta requiere es la unidad de todos los que estén en contra del actual gobierno. Trataremos, en lo que sigue, de no exagerar la calificación de conductas políticas y de atenernos, principalmente, al sentido en el que la plataforma cacerolera pueda influir en la política argentina realmente existente; difícilmente logremos ese objetivo.
Libertad es acaso la palabra más políticamente polisémica que pueda imaginarse. Hay que adoptar algún punto de partida conceptual para pensarla. En este caso nos apoyaremos en la fórmula canónica de Isaiah Berlin, gran pensador liberal del siglo XX. Berlin hablaba de dos formas de libertad: la libertad negativa y la libertad positiva. Negativa es la libertad que permite al individuo no ser interferido ni impedido por otros en la acción para satisfacer sus propósitos. La libertad positiva es, por su parte, la que habilita a los hombres a actuar en el espacio público sin otro límite que la ley que ellos mismos decidan. Mientras que la libertad negativa tiene alcance esencialmente individual, la positiva remite a lo público, a lo político. En la vida de las sociedades, los aspectos negativos y positivos de la libertad tienden a condicionarse mutuamente, de tal modo que no puede hablarse de la existencia de una sin un grado de funcionamiento de la otra. Buena parte del conflicto político real gira alrededor del alcance de los ámbitos de libertad en los dos sentidos de los que estamos hablando.
La seguridad tiene también múltiples significados. El pensador polaco Zygmunt Baumann ha recurrido a una curiosidad idiomática para ilustrar la cuestión: la palabra alemana sicherheit significa, al mismo tiempo, seguridad, certeza y protección. Seguridad significa que todo lo que ha sido ganado seguirá en nuestro poder y que el mundo es estable y confiable. Certeza es la posibilidad de diferenciar lo útil de lo inútil, lo correcto de lo incorrecto. Protección quiere decir que ningún peligro del que no podamos defendernos amenazará nuestro cuerpo. No solamente la voz alemana sino nuestra palabra seguridad también está cargada de todos esos significados, a tal punto que es muy difícil separarlos en nuestra vida consciente.
La ética pública tiene, por su lado, una larga historia en el debate teórico y en la práctica política de las sociedades. Para los kantianos, la honradez es la mejor forma de la política, mientras que para la tradición de pensamiento que nace con Maquiavelo, es la virtud, y no la ética, el atributo principal del líder político. No es la virtù, en el sentido de una adaptación de la conducta a un precepto dogmático, sino la virtù que designa la excelencia de la capacidad política del líder, cuya conducta debe ser juzgada en relación con la grandeza de la patria y la felicidad de sus habitantes. Nuestra conversación cotidiana tiende a equiparar la ética política con la ética individual y a reducir con frecuencia el alcance de ambas a la abstinencia de la apropiación de lo ajeno; es decir algo que no puede ser considerado parte de la ética porque pertenece a la esfera estricta del derecho penal.
¿Qué quiere decir la multitud cuando levanta las banderas de la libertad, la seguridad y la ética? Seguramente muchas cosas y seguramente muchas de ellas no compatibles entre sí. Sin embargo no son tantos los significados como los asistentes de la protesta. En la extrema horizontalidad formal de las marchas anteriores se insertó la presencia convenientemente anunciada de líderes de diferentes segmentos de la política de oposición. Como se sabe, esos segmentos recorren un amplísimo diapasón de pertenencias y de tradiciones político-culturales: los hay neoliberales enteramente asumidos como tales, sindicalistas que cuestionan el giro neoliberal del gobierno, republicanos formales y explícitos añoradores de la última dictadura cívicomilitar, radicales de tendencia conservadora y de tendencia socialdemócrata, socialdemócratas que vienen de la experiencia de la izquierda radical y conservadores que han aprendido el vocabulario de la socialdemocracia, gente de centroizquierda sincera y gente que ve a la centroizquierda como el mejor lugar para combatir un gobierno populista y demagógico. Se podría hacer una gran subdivisión ideológica: un sector que condena al gobierno por lo que es (autoritario, populista, peronista) y otro que lo condena porque no es lo que dice ser (progresista, avanzado, de izquierda). Los primeros dicen querer un gobierno que asegure las libertades individuales, los segundos se pronuncian por un gobierno que efectivamente produzca las transformaciones que el actual enuncia de modo oportunista.
El mandato implícito en la marcha y sistemáticamente pronunciado por los analistas de la prensa oligopólica (ejercicio plenamente legítimo según la Cámara en lo Civil y Comercial) es el de la unidad de la oposición como única manera de evitar la perpetuación del kirchnerismo en el gobierno. Concentradas pocos días después de los reñidos comicios venezolanos que eligieron a Maduro como presidente y, a la vez, catapultaron a Capriles como líder indiscutido de todo el polo antichavista, las multitudes que enfrentan al gobierno no pueden dejar de registrar la diferencia entre las hazañas de una oposición unificada y la impotencia del archipiélago antikirchnerista en el propio país. En esta cuestión no hace excepción la presencia en la protesta de muchos partidarios del FAP: el máximo líder de ese espacio que se autodefine como “progresista” ha dicho sucesivamente con pocos días de distancia que él hubiera votado a Capriles y que los muertos en Caracas durante el día posterior a las elecciones deben ser cargados a la cuenta del populismo venezolano.
Para la unidad hace falta un candidato y esa parece ser, según sus propios analistas, la gran carencia de la oposición. Sin embargo, detrás de esa falta hay otro problema menos visible pero plenamente operativo. Ese problema es una definición hegemónica. Es la traducción programática, bajo la forma de una promesa comprensible y creíble para el futuro argentino, de las grandes banderas de la marcha del jueves pasado.
La socioantropología más elemental parece indicar que el concepto de libertad predominante en los cacerolazos no es el de una epopeya colectiva dirigida a derrotar los obstáculos oligárquicocorporativos que frenan y condicionan la libertad política del pueblo, sino el del más modesto, pragmático y actual objetivo de despejar los obstáculos para el intercambio en dólares y las restricciones para las importaciones. Es altamente probable que la presión impositiva, las retenciones agrarias y las regulaciones estatales a la banca y las finanzas hayan tenido una presencia simbólica más importante en el reclamo de libertad que las restricciones a la plena libertad que suponen la existencia de monopolios económicos, matufias judiciales y policiales y corporaciones cerradas a la mayoría del pueblo. La seguridad que convoca más urgentemente es la de los cuerpos, la de la violencia callejera que constituye –más allá de estadísticas y causalidades– un problema intensamente vivido por los habitantes de las grandes ciudades argentinas. Pero en las capas medias, claramente mayoritarias en las marchas, ese miedo al ataque en el propio cuerpo se entrevera con el miedo a dejar de ser lo que se es en términos sociales y culturales. A que una “política distributiva y populista que necesita a los pobres como rehenes” termine afectando el propio status individual y colectivo. Defensa de un estatus social, hay que decirlo, que nunca fue tan agredido y destruido como en los días de aquel diciembre en que estalló el programa neoliberal en Argentina. La “seguridad” de la clase media mira con miedo y con desconfianza hacia abajo y descarga su ansiedad contra un gobierno que (claro está, por pura demagogia) privilegia su relación con los más débiles. Por último, la cuestión de la ética pública tiende a construir una amalgama de significación entre el “Estado que interviene” y el “Estado que roba”. Los megaescándalos desatados por los grandes medios de comunicación tienen –con independencia de sus resultados concretos– a validar el prejuicio de que somos robados por la política. Esto no nació con este gobierno y es el santo y seña de la derecha neoliberal (y no tan “neo”) desde que existe el régimen democrático. Pero en el caso de este gobierno es un gran apuntalador de múltiples descontentos. Y, sobre todo, tiene el discreto encanto de atraer a sectores claramente afectados por las múltiples desigualdades y posiciones dominantes vigentes entre nosotros a la plataforma antiestatista lúcida y pragmática de los núcleos más poderosos de la sociedad.
Lo que está por detrás de la carencia de liderazgos y candidaturas es, en realidad, un problema de hegemonía política. Podría formularse así: cómo atraer política y electoralmente a una mayoría social desde posiciones que corresponden a las fuerzas del privilegio económico, social y cultural. Dicho de otra manera, cómo reconstruir la alianza neoliberalpopulista que encabezó Menem en los años noventa y particularmente cómo hacerlo cuándo todavía están frescos en la memoria popular los días del incendio social de 2001. La traducción de ese proyecto hegemónico en la forma de la política real es la atracción de todas las formas de oposición, incluidas las centroizquierdistas, hacia el centro de gravedad de una nueva gran promesa liberalrepublicana. Un liberalismo republicano que tiene, por lo demás, su principal base de sustentación en los monopolios comunicativos. Si no se alcanzara este gran consenso hegemónico antikirchnerista, las marchas y las cacerolas pasarán lentamente a ser una rutina intrascendente y a desaparecer. Para que se construya será necesario un huracán político que puede hacer desaparecer viejas construcciones políticas nacionales y reciclarlas en afluentes secundarios de una nueva hegemonía conservadora.

1/4/2013

Francisco, la demagogia y los nuevos desafíos.


Edgardo Mocca opina para la tecla Eñe sobre las implicancias de la asunción del nuevo papa

            El papa Francisco es el papa del fin del mundo y es el papa de los pobres y los humildes. ¿Es así o se presenta así?, ¿Es un programa de reubicación histórica de la iglesia católica o una fórmula demagógica de ocasión? Parecen preguntas importantes porque interpelan al “ser de las cosas”. Tal vez, en algún nivel –subjetivo, moral- sean efectivamente importantes; más discutible es su pertinencia en el análisis político. Creo, como Gramsci, que un análisis político no es una medición pretendidamente estricta y objetiva de la situación, sino que es una intelección de esa situación desde el punto de vista de un sujeto, de un programa político. El análisis es necesario porque es necesario el cálculo político para la victoria de ese programa. No hace falta que se trate de una plataforma política-orgánica aprobada por las burocracias habilitadas para eso. De lo que se habla es de un horizonte, de un “punto de vista” que compromete los valores centrales de la subjetividad. Nadie a quien le interese un análisis de la política puede carecer de modo absoluto de ese tipo de “programas”.
            La desgraciada fama que tiene la palabra demagogia para el pensamiento de la política tiene que ver, entiendo, con un modo de concebir esa realidad como una simple interacción de subjetividades individuales capaces –por su fuerza, su poder o lo que sea- imponer sus designios a las masas. Para eso, claro está, hace falta la demagogia: un poco de pan y otro poco de circo. Frente a esa demagogia hay siempre una verdad. Una verdad que no habita en creencias, en mitos, en sueños y en miedos; está “ahí”, en la realidad. No importa cuál sea–liberal o marxista, idealista o apocalíptica- esa verdad es el sentido de la política, es su alfa y su omega. Más aún, esa verdad no se somete a ningún veredicto democrático; justamente ese el mérito de los demagogos: ganar elecciones. No hay que profundizar mucho para percibir el aroma elitista de ese tipo de enfoques.

24/3/2013

Pistas ideológicas para pensar a Francisco


 Por Edgardo Mocca para Página12

“Conducida por una tendencia que privilegia el lucro y estimula la competencia, la globalización sigue una dinámica de concentración de poder y de riquezas en manos de pocos, no sólo de los recursos físicos y monetarios, sino sobre todo de la información y de los recursos humanos, lo que produce la exclusión de todos aquellos no suficientemente capacitados e informados, aumentando las desigualdades que marcan tristemente nuestro continente y que mantienen en la pobreza a una multitud de personas.” Esta frase no forma parte de ningún documento populista, redactado por personajes siniestros siempre obsesionados por sembrar conflictos y enfrentamientos internos en las sociedades en las que viven y, lo que es mucho peor, en las que a veces gobiernan. Pertenece al documento conclusivo de la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinomericano y del Caribe, realizada en la ciudad brasileña de Aparecida, en mayo de 2007. Al tomar el texto de ese documento –una parte de ese texto, elegida de modo deliberadamente provocador– como punto de partida de un comentario sobre los significados políticos de la asunción del cardenal Jorge Bergoglio como nuevo papa puedo imaginarme a algún lector de inclinaciones críticas encogiéndose de hombros y pensando: “¿Y eso qué tiene que ver con la práctica real de la Iglesia Católica?”.

Curiosamente, entre personas que hacen del tráfico de palabras su modo de vida, suele anclar una poderosa sospecha sobre el valor de las palabras. Falsa conciencia, manipulación, simulacro, demagogia, se ofrecen, entre muchos otros, como principios explicativos del distanciamiento de la acción humana de sus reales o imaginarios propósitos. Desde ese punto de vista, volviendo a nuestro tema, no vale demasiado la pena leer atenta e interesadamente el documento de Aparecida para acercarnos a la comprensión de este verdadero tsunami vaticano que desemboca en la elección del primer papa no europeo de la historia, latinoamericano y argentino por añadidura. Lo que nos garantizaría una correcta intelección de este fenómeno sería la observación estricta de la “Iglesia realmente existente”, la que suele identificarse, de modo reduccionista, con la conducta política de eventuales cúpulas eclesiásticas. Esta reflexión se sitúa en un punto de vista distinto: considera que en la vida colectiva las palabras se autonomizan relativamente del propósito de uso individual de quien las pronuncia. Crean expectativas, construyen campos de alianzas y adversarios, sustentan identidades, disputan sentido. La misma infertilidad tiene la interpretación de los primeros movimientos de Francisco como simple demagogia, que la que describe el así llamado “relato kirchnerista” como el desenvolvimiento de un simulacro nacional-populista dirigido a manipular a las masas. Con frecuencia la palabra demagogia termina aniquilando la sustancia misma de la palabra política, que no puede ser sino un arma de persuasión y movilización, tanto como una apelación a los resortes comunes de la emotividad.


10/3/2013

Usos del socialismo


Por Edgardo Mocca para Página12
La palabra socialismo tiene un enorme poder evocativo. Nos acerca la memoria de la lucha de los explotados por la justicia y la igualdad, nacida en las entrañas de la revolución industrial. Significa el célebre tránsito teórico de las masas sacrificadas por el progreso capitalista a la condición de “clase universal”, portadora histórica de una nueva civilización humana. Muchas cosas se hicieron y se sufrieron en nombre de esa palabra: nacieron nuevos derechos, se consumaron revoluciones, nació un nuevo tipo de partido político y un nuevo tipo de militante –ideológicamente convencido, audaz y potencialmente heroico– poco propenso, en general, a los matices y a las contradicciones. También se desarrollaron procesos de burocratización autoritaria que concibieron crímenes masivos, consumados en su nombre. Aun así, el estado social, el mejor logro del capitalismo en dos siglos de sociedades construidas en su nombre, fue el modo en que los socialistas enfrentados con sus pares soviéticos recogieron los frutos de las tensiones y esperanzas generadas por la gran revolución rusa de 1917.
En los noventa, el socialismo vivió su peor momento. Entre 1989 y 1991 había implosionado en la Europa del Este el sistema de países que lo llevaba inscripto en sus banderas. Fue la época de las “terceras vías” y los “nuevos centros” que llamaban a flexibilizarlo, a ponerlo en condiciones de convivir con el individualismo radicalizado, con el debilitamiento de la identidad colectiva; a convertirlo, en última instancia, en el rostro si no agradable, por lo menos soportable de la revolución neoliberal. Un lúcido filósofo liberal, Richard Rorty, llegó a decir, a favor de su planteo de que las izquierdas necesitaban un “nuevo vocabulario”, cosas como ésta: “Los visitantes de la Europa Oriental nos van a empezar a mirar con estupefacción si seguimos usando el término socialismo para describir nuestros objetivos políticos”.
La palabra socialismo ha ido recuperando parte de su interés en los primeros años de este siglo. Curiosamente, esa recuperación no ha venido de la mano de quienes reivindican su condición de albaceas hereditarios de la honrosa tradición de pensamiento nacida en el siglo XIX; por el contrario, lo más característico de estos años ha sido la declinación electoral y, lo que es más grave, política, de gran parte de los partidos agrupados en la Internacional Socialista y sus fuerzas afines. Con la excepción del socialismo francés, los partidos europeos de esa denominación han perdido el gobierno de sus países y son vistos por sus pueblos menos como portadores de nuevas esperanzas que como parte de la crisis y, en algunos casos, de la descomposición de sus sociedades. El socialismo ha vuelto a ser el santo y seña de procesos transformadores particularmente en los países sudamericanos. Poderosas fuerzas políticas de la región, incluidos varios de sus gobiernos, la invocan como horizonte deseable de sus naciones y como propuesta política central del nuevo siglo.


25/2/2013

Justicia y geopolítica (A propósito de la discusión del memorando)

Por Edgardo Mocca para Página12

Casi todas las medidas gubernamentales han sido y son procesadas desde la perspectiva de la dialéctica kirchnerismo-antikirchnerismo. De modo que lo que está ocurriendo en estos días con el memorando de entendimiento acordado por los gobiernos de Irán y Argentina no puede sorprender a nadie. A lo sumo podría formularse razonablemente la pregunta sobre cuál es la razón por la cual las oposiciones perseveran dramáticamente en la misma estrategia política que preludió su desastrosa performance en  las últimas elecciones presidenciales. Sin duda es una pregunta central cuando estamos a pocos meses de otra elección, en este caso exclusivamente legislativa, pero no será el objeto de esta nota.
La cuestión es el contenido concreto, el significado político que en cada ocasión asume el casi incondicional anticristinismo militante. En este caso se trata de establecer la naturaleza del debate abierto en el Congreso, los argumentos que se emplean, la descripción de la situación que cada uno de los actores realiza. El gobierno se ha empeñado en demostrar que el acuerdo no tiene ningún otro propósito que el intento de destrabar la causa por el atentado en la Amia de hace casi diecinueve años. Las oposiciones, por su parte, le atribuyen al gobierno el designio de pactar con el régimen iraní por causas que, según sus expositores, van desde el interés en la ampliación del intercambio comercial con ese país hasta un viraje en la ubicación del gobierno en el mapa geopolítico mundial.
Naturalmente, cualquier defensa de la iniciativa que se esgrima pasa por la afirmación de su utilidad para el alcance de la verdad sobre el atentado y la justicia para sus responsables. Si se demuestra que esa utilidad no existe, difícilmente se podría sostener cualquier objetivo ulterior por plausible que fuese; sería la conversión del deseo de verdad y justicia en un medio para obtener otros fines. De modo que en principio parecería deseable que la dilucidación de ese punto fuera la cuestión central –si no la única- del debate. Si así hubiera sido, los argentinos habríamos tenido la ocasión de acercarnos críticamente al proceso judicial por el atentado. Se habría ampliado el conocimiento social sobre el vergonzoso proceso de ocultamientos y vilezas que caracterizó su primer tramo; nuestra información y nuestra memoria sobre la trama de complicidades dirigidas a llevar la investigación a una vía muerta que atravesaron por dentro al menemismo. Habría sido también la oportunidad de discutir qué otra alternativa, que no sea la del acuerdo con Irán, serviría al avance real de una causa que hace años está totalmente estancada. No ha sido esa la opción estratégica elegida por las oposiciones.


10/2/2013

Patoteros y conflicto político


Por Edgardo Mocca para Pagina12
El repudio al ataque a Axel Kicillof en el Buquebus ya es un lugar común, al punto de que se han sumado a él algunas de las voces prominentes del establishment mediático ocupado a tiempo completo en la descalificación del Gobierno. Claro que en el caso del “periodismo independiente” la condena apenas rozó a los patoteros y se concentró en el Gobierno, a quien acusa de promover un clima de enfrentamiento e intolerancia entre los argentinos. De la indignación moral podemos desplazarnos hacia la apreciación política del episodio.
El prólogo político del incidente incluye, sin duda, la puesta en escena callejera de la protesta de un sector social contra el Gobierno. Los cacerolazos de octubre y noviembre tuvieron como característica central la intensidad dramática del enfrentamiento de ese sector contra el kirchnerismo. Los organizadores de la “espontánea” convocatoria pusieron todo su empeño –después de los desbordes de los carteles, los gritos y los golpes contra periodistas que ocurrieron en la primera marcha– en adecentar el tono y serenar los ánimos durante la jornada del 8 de noviembre. No fracasaron totalmente: la iracundia se hizo menos visible, aunque quedó registrada en las coberturas televisivas no manipuladas por las empresas coorganizadoras de la movilización.

27/12/2012

Parodias políticas

Por Edgardo Mocca para Página12

Morales Solá dice en una muy reciente columna (“Expresión de impunidad y resentimiento”, La Nación 22 de diciembre de 2012) que, según la CEPAL, un 30% de los niños argentinos son pobres y sus padres también lo son. Es mentira. Y así lo puede comprobar cualquier persona que invierta unos pocos segundos de su tiempo en buscar los indicadores que realmente publica esa comisión. Según esos indicadores, entre 2002 y 2010 la pobreza en la Argentina bajó desde el 45,4 al 8,6% de su población (http://www.eclac.cl/prensa/noticias/comunicados/8/45168/tabla-pobreza-indigencia-18paises-es.pdf) . La referencia no se propone un juicio sobre el autor de la mentira ni sobre las pautas éticas con las que se rige su actividad periodística, lo que, claro está, sería un interesante objeto de investigación. El propósito es otro y consiste en ejemplificar una matriz constitutiva del accionar de la derecha política coordinada por las grandes empresas mediáticas.
Vale aclarar que el artículo al que hacemos referencia está dedicado a “explicar” los acontecimientos de puro y simple vandalismo  políticamente orquestado que construyeron en estos días una burda parodia de la explosión social que estremeció al país hace justamente once años. Se necesita adulterar irresponsablemente la realidad del actual mapa de la pobreza –y de hacerlo acudiendo de modo mendaz a una institución prestigiosa- para abrirle paso a un argumento central, el que atribuye los desórdenes recientes a una espontánea explosión de resentimiento de los pobres. No se trata de una circunstancia aislada; la escuálida manifestación sindical del pasado miércoles fue reconvertida en una “protesta masiva”, la multitudinaria concentración de festejo de la democracia del 9 de diciembre última en una movilización del “aparato kirchnerista”. Y la lista puede seguir hasta el infinito: en el último año habríamos pasado, según la sistemática manipulación periodística de este mismo signo, por un conjunto de episodios críticos en los que el país se situó en el borde mismo del caos y la disolución. La maquinaria manipuladora no reconoce límites éticos ni políticos. No se detiene ni siquiera frente a casos como los ataques de los fondos buitres a esa gran conquista de nuestro país que fue la negociación digna y beneficiosa de nuestra deuda defaulteada a fines de 2001.